jueves, 2 de julio de 2015

El jarrón




Nuevas flores en el jarrón de cristal. Tiré las antiguas al contenedor de los recuerdos, porque se habían vuelto mustias y perezosas sin yo advertirlo. Cuando fui a regarlas de nuevo, ya era tarde; habían volado de sus pétalos la frescura e inocencia, como si esperar no fuese una cosa de paciencia, o voluntad, o esperanza, sino de oportunidades perdidas.

El problema es que, una vez las flores fueron tallos y hojas secas, y luego polvo, ceniza para el olvido, no sabía qué hacer con el jarrón vacío. De repente, el hueco que dejaron me pareció infinito, y estuve a punto de arrojarlo también a la basura, harto de sombras, porque se me antojaba imposible una segunda oportunidad. Un jarrón sin flores no tiene sentido. Se vuelve recipiente en cuanto te descuidas, y lo mismo te da rellenarlo de cachivaches que de bolígrafos muertos, como si fuera un cenicero apartado en la esquina del escritorio. Cambia de lugar gracias al extraordinario movimiento de las cosas inanimadas. Se vuelve un objeto vulgar, ajeno a su propósito verdadero. Pierde la dignidad en un arrebato de tristeza.

Así que recuperarlo lleva tiempo. Requiere interés y observación; a veces asombro ante la sucesión de hechos consumados. Limpieza. Un paño cariñoso que le quite las telarañas y un nuevo lugar en el alféizar de la ventana. Agua tibia. Luz del sol.

Y unas nuevas flores para cuidar que resistan con alegría la costumbre de los días, la rutina fantástica del amor.